“Más Allá de la Oscuridad”, es mi autobiografía que contempla las etapas del niño, del adolescente, y del hombre forjado, templado en la miseria, el sufrimiento, en la lucha por la supervivencia en un medio hostil, socavado y explotado por el latifundista, en mi pueblo El Tamarindo Perù, donde pasé mi niñez.
Un pueblo que se sumerge en la inercia de cien años de soledad, como muchos otros pueblos del mundo, conviviendo con el ir y venir de gente explotada, fatigada, macilenta, de niños miserables y fenómenos extraños e insólitos que me acaecían, forjándome en el crisol de mis inquietudes precoces, una personalidad acuciosa, vigilante, discriminativa y analítica.
Muchos de nosotros no teníamos el calor de una formación religiosa, cultural y nutricional, pero si estábamos saturados del folklore, la tradición y la superstición acuñados en las mentes de nuestros padres que usaban como válvula de escape a sus frustraciones, limitaciones y complejos de la cual era yo consciente y mucho más, a medida que me desarrollaba física, psicológica, mental y espiritualmente, en una forma normal y paranormal.
Las epidemias y las pestes socavaban los cuerpos famélicos, desprovistos de defensas o anticuerpos de nosotros los churres (niños) destruyendo el sistema inmunológico, presa de las bacterias, virus y parásitos, y que por la falta de atención medica eran abandonados a su suerte.
Esta experiencia incrementaba la sensibilidad de mi naturaleza, pues sufría en carne propia, la angustia y la desesperación de un pueblo que se debatía entre la vida y la muerte, en medio de la superstición, el folklore y la ignorancia acuñada por los intereses creados de aquellos que vivían cómoda y confortablemente a expensas de los desterrados que habiendo sido dueños de las tierras, se inmolaban dejando sus cuerpos y su sangre en los surcos que florecían para el patrón.
La angustia y lo extraño de mi precoz conciencia, quizás diferente a la de mis amigos los churres (niños), tenía campo abierto a mis travesuras y juegos, ya en el rió Chira, en las acequias o desiertos de arena, como único legado que el Todopoderoso me legaba para cubrir con un velo, la realidad del medio en que vivía, para no terminar haciendo lo mismo que mis padres y abuelos, o quizás sucumbiendo en la tierra que me vio nacer para dar paso al florido y hermoso algarrobo preñado de frutos.
Mi madre tierna y dominante para con nosotros se debatía en la lucha por la supervivencia, con su pequeño y humilde negocio nos sostenía, no se sustraía al sistema y al vaivén de los acontecimientos ya mencionados, hacia honor a la palabra “madre”, sacrificada, abnegada, el tiempo había dejado sus huellas indelebles en su hermosa faz, curtida por el sufrimiento y las lágrimas vertidas en el silencio de las noches incontables, horadando sus mejillas color capulí; y yo rompiéndome el cerebro, cuestionándome, interrogándome del por que esta vida vacia y sin futuro.
Intuía que si no hubiera nacido del vientre de esta mujer (mi madre) hubiera nacido en otro vientre y de todas maneras me encontraría aquí, allá o mas allá en condiciones iguales o diferentes. Pero aquí estaba yo viviendo las experiencias de mis primeros años saturados de inquietudes, de reminiscencias y nostalgias, de mi vida en la añoranza.
Ya en Lima, ciudad capital, aprisionado por la selva del asfalto, la incertidumbre y limitado por la intolerante burocracia, empezaba a jugar un papel diferente de vida y para ausentarme de esta realidad volví a las reminiscencias de mis pasados años , de los niños, los churres, de mi pueblo el Tamarindo, entonaba canciones como “ El Provincianito”, “Todos Vuelven” y “Tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz”, un juego psicológico que me permitía como un condensador transformar la grosera realidad en un estado de resignación y paz.
En medio de esa felicidad de ser y no de valer, se avecinaban las borrascas y la tormenta de nuevas experiencias en mi adolescencia, trabajando en todo lo que fuera necesario para contribuir con un granito de arena al sustento de mi hogar, que se constituía en un asentamiento humano de adobes superpuestos con techo de esteras y palos de eucaliptos.
En la capital las necesidades eran diferentes y estas mismas necesidades nos hacían madurar, digo nos hacían, porque yo conocí el “ mundo de los petisos ” , niños que acá en el Perú y como en algunas partes de este planeta, trabajan en diferentes quehaceres para supervivir o ayudar a su familia, madurar en la astucia y la picardía, futuros delincuentes, enajenados mentales o indigentes, que viven covachas en promiscuidad alas orillas del rio Rimac serca del centro de la ciudad de Lima la capital.
Niños abandonados a su suerte presa de pedo criminales que los comercialisan a otros de su misma condiciòn. Muriendo muchos por estas actividades que los enferman o por la tuberculosis, los trabajos forzados que realizan durante el dia y las noches, y las drogas.
Tambièn, otros pedo criminales que camuflan sus bajos instintos bajo la sotana blanca de la ipocresia que se aprovechan del poder y de las buenas relaciones para no ser descubiertos, estos seres al no tener nada en su interior, frustados, sin sentimientos, profanan la inocencia de estos niños pobres de bàrrios marginales silenciando a los padres con el dinero, o el temor al infierno por la excumulgación, y a otros niños que viven en sedulas familiares bien organisadas y de buena situaciòn econòmica.
Para narrar mis experiencias, en relaciòn a esta aberraciòn, tendria que escribir otro libro, ya que pase por un momento muy dificil en el curso de mi infancia, que me entristese recordar. Debido a mi naturaleza, receptiva y desconfiada, hui de ese lugar llamada “CLIMATICA”, donde van los niños povres a vacasionarse, a Dios gracias, no tuve la desgrasia de lamentarme, y ser traumatizado, por toda mi vida.
